René es un humilde y disciplinado chico platense clase 23; hijo de una creativa modista y de un sacrificado carpintero, el novicio abanderado de la cultura Tripera (¡honor a los jugadores-obreros de los frigoríficos de Berisso y Ensenada!) convive con la progenitora palabra santa del derrotero de la honradez y el apego a la sociedad del conocimiento. Criado en los célebres adoquines del barrio El Mondongo, el aprendiz de campeón gambetea los despiadados embates del once de la necesidad con similar pericia anotadora que su mirífico ídolo, el bombardero del ilustre Expreso, más conocido como Arturo “El Torito” Naón.
Perdidamente enamorado de una deshilachada bandera blanquiazul instalada en la estrechez de su cuarto, René sacraliza las bondades de un sentimiento inexplicable llamado Gimnasia y Esgrima La Plata; apasionado por los rituales domingueros de la popu, el pibe de doce años no sabe de excusas ni de ausencias. Entonces, sus infaltables citas a la tribuna vestido con los colores del Lobo -invariablemente escoltado por la proselitista muchachada mondonguera- decoran el concurrido santuario del Bosque, gozoso por contemplar el recambio generacional del conmovedor aliento en los tablones del Zerillo. Hermanado con la multitudinaria procesión de fe del Pueblo Gimnasista y seducido por la acompasada coreografía de La 22, René graba con letras de oro su sempiterno idilio con el escudo tripero. I Leer mas »
La humilde geografía del barrio de los Tachos, recinto urbano ubicado en el mapa capitalino de la populosa Saavedra, en medio del sofocante calor de un recordado 29 de enero de 1926, acunó los primeros y ¿afinados? llantos de un saludable varón nacido en Superí y Avenida del Tejar, bautizado por sus padres con el nombre de Roberto. Hijo de Emilio Goyeneche y María Elena Costa, ambos descendientes de vascos emigrantes del “exilio del hambre”, la consensuada decisión de llamar Roberto a su primogénito obedeció a un homenaje póstumo para con la memoria de su tío -fallecido repentinamente de una extraña dolencia-, un eximio pianista de tango que le puso música a los versos de Pompas, relanzado como… de jabón tras su efímera partida, mágica creación del inolvidable poeta del dos por cuatro Enrique Cadícamo, cuyo exitoso estreno en el teatro Astral, cuando 1925 recién estaba gateando, lo interpretó con nota un cantor apodado el morocho del Abasto, más conocido como Carlos Gardel.
Roberto “Polaco” Goyeneche, genuino heredero de los genes artísticos del músico de la dinastía y armonioso gorrión -desde niño- de melodías arrabaleras, honrando su incondicional amor por el fútbol y por su querido Platense, no gambeteó el destino legado del compás, el vals y la milonga. Leer mas »
La incipiente primavera de 1942 ofició de anfitriona popular y nos regaló la bendición del natalicio de una leyenda de los puños que interpretó como pocos el sentir del gen argentino. La partida del Registro Civil delata que el 25 de septiembre de aquel convulsionado año, en medio del horror de la Segunda Guerra Mundial protagonizada por el Eje y los Aliados, con Ramón Castillo al frente del gobierno nacional, doña Dominga Grillo dio a luz -en el barrio de Boedo, paradoja del destino- a un niño bautizado como Oscar Natalio Bonavena, quien acusó en la báscula ¡3,950 kilos de peso!
El muchacho de voz aflautada y físico portentoso, en su primer acto de sana rebeldía, le propinó un soberano hook en la mandíbula a las ilusiones de buena parte del vecindario y se convirtió en fervoroso hincha del Globo; la Quema fue su segunda casa y el boxeo su escape a las carencias adolescentes. La necesidad lo forzó a abandonar los estudios e incursionar en diversos oficios para ganarse la vida y vencer por fallo unánime a la subsistencia. Repasemos: cocacolero, repartidor de pizza, empleado de carnicería y picapedrero, entre otros. Su prematura vinculación al mundo de la soga y del puching ball se produjo por sugerencia matriarcal. Los primeros jabs para imponer distancia y llamar la atención de los ojeadores tuvieron lugar en la sede de su eterna novia: el Club Atlético Huracán. Leer mas »
La tiranía del calendario -generalmente- nos provoca una mueca de desencanto y resignación ante el inexorable paso del tiempo. A modo de resistencia y retando la omnipotencia del lord gregoriano, los aprendices de poetas que habitan diariamente la geografía de los bares porteños rescatan la teoría de la juventud divino tesoro para combatir el patético mal del reloj no marques las horas. Entonces, los emotivos recuerdos de aquellos dorados años, inmortalizados por los sabios narradores de ocasión, invitan a una nueva ronda de café a cargo de la vida. La nostálgica regla contempla afamadas excepciones. Una de las más valoradas por los criollos de ley -por sentido de pertenencia e identificación con los colores celeste y blanco- se produce cada 30 de octubre, célebre fecha de nacimiento del icono futbolístico nacional por antonomasia: Diego Armando Maradona.
El “10”, en épocas de oscurantismo, glamour y abundancia de ídolos de barro, portó con valentía el traje de héroe sin fronteras al servicio de los fieles peregrinos de la cultura de la pelota. ¿Cómo olvidar sus hazañas en tierras aztecas con el valor agregado de la segunda Copa del Mundo para las vitrinas de la AFA, disparador consagratorio que ratificó su status de número uno indiscutible? ¿O la épica e inigualable pintura impresionista -inspirada por los duendes de Monet y Rembrandt- que significó el legítimo gol que sufrieron los ingleses? ¿Acaso no nos sentimos dignamente representados con su visceral insulto a los italianos en la morbosa final del Olímpico de Roma en 1990, justificado por el ofensivo e irrespetuoso agravio del silbido generalizado de los anfitriones al himno patrio? Leer mas »