¡Somos campeones, Garrafa!
Eliseo Mouriño, elegantemente trajeado y con su infaltable corbata verde desanudada y apuntando al Sur, mira el reloj pulsera de su mano derecha repetidamente. El caballero de los estadios, acostumbrado a las grandes hombradas en el círculo central, libra una desigual batalla contra los derrotistas demonios que sobrevuelan tenazmente sobre el firmamento color esmeralda. Angustiado, avizora la leprosa silueta del malvado enemigo rosarino, ducho en imposibles como arrebatarle un título al gigante Boca Juniors en el mítico patio de su casa. Dominado -en la víspera de la gran cita- por la patología de un inusual síndrome de ansiedad, Eliseo busca con su impaciente mirada la complicidad de un juicioso compañero de aventuras en el paraíso.
-¿Oiga, Don Valentín, a qué hora es el partido de Banfield?
La pronta respuesta del vitalicio presidente -imbuido por la cultura de la precisión anglosajona fundadora del club- se hace eco en la geografía de la eternidad.
-¡A las 5 de la tarde, Eliseo!
Acto seguido, a modo de natural descarga y decodificando sabiamente la temperatura emocional de su calificado interlocutor -y la propia, ¡para qué negarlo!-, Valentín Suárez ensaya un breve y profético monólogo.
-Hoy toca sufrir en la Bombonera, Eliseo. Y roguemos para que Martín Palermo continúe con su sequía goleadora. ¡Siempre nos vacuna el “9″ de Boca, será de Dios! -agrega preocupado-. Igual, no me preguntes ni cómo ni porqué, pero siento que esta tarde vamos a tener una ayuda divina, Eliseo.
El 13 de diciembre de 2009 el cielo está alborotado. A medida que se acerca la hora de la verdad, las estrellas domingueras que brillan en el coliseo de Peña y Arenales suman su áurica presencia en la confortable y célica vivienda de Valentín Suárez. Entre la nutrida comitiva, una figura sobresale por su original picardía y su férrea convicción de segura vuelta olímpica: José Luis “Garrafa” Sánchez, alias el Señor Potrero.
Intranquilo por una ilustre ausencia y con los muchachos de Falcioni pisando el césped de la gloria, el capataz de Banfield consulta a su admirado amigo, autorizado jefe de la milicia del Taladro.
-Eliseo, ¿lo invitaste a Florencio Sola a ver el partido con nosotros?
Mouriño, sabedor de la prosapia del personaje y gratificado -como toda la comunidad de Banfield- por la histórica gestión del pionero colega de Suárez, responde presuroso.
-Sí, Don Valentín, quédese tranquilo. Florencio me prometió su asistencia… ¡cueste lo que cueste! Es más, ni bien me vio entrar a su despacho, sacó del cajón diestro de su escritorio una bandera de Banfield prolijamente doblada y un antiguo rosario de oro. Sonriente, me comentó que nunca va a la cancha (ni ve al Taladro por la TV) sin la compañía de aquellos reverenciados objetos-reliquias.
Cortésmente, Valentín Suárez replicó a su compañero con una revelación.
-Sí, lo sé, Eliseo. Es que el bueno del “Lencho” Sola, además de un devoto creyente católico, es el rey de las cábalas… ¡Hola Florencio, por fin llegó el hombre de la fe! Acomodate rápido que arranca el fútbol. Estamos a un triunfo del primer campeonato, Lencho. ¡Sólo hay que ganar el último partido! O esperar que el Cuervo le amargue la tarde a Newell`s.
Martín Palermo -rompiendo la sequía ¡justo contra el Taladro!- acalla la algarabía de la Junta de Notables con una dupla de goles-puñaladas. Entonces, los humedecidos ojos de la verde resignación desvían su mirada al santuario del Parque. Inesperadamente, se suceden llantos y abrazos al por mayor. El culpable de tanta locura se llama Fabián Bordagaray (¡empujado por los fantasmas del Juanchi Taverna y Raúl Wensel!), jugador de San Lorenzo y, a partir de su par de gritos en territorio del Lucifer Newell`s, idolatrado chef de la receta bautismal del ¡Banfield campeón!
Desbordado por tamaña felicidad, Eliseo Mouriño dirige sus pasos en busca de Valentín Suárez y le comenta a viva voz.
-Tenía razón, Don Valentín. ¡Cómo no me di cuenta antes! El milagro se produjo por obra y gracia de un Santo… de Boedo.
Confundido en el festivo ámbito del edén de Banfield, Mouriño rastrea al célebre artista de la zurda barroca. A continuación, se funde en un interminable abrazo con José Luis Sánchez y le reza al oído tres mágicas e irresistibles palabras: “¡Somos campeones, Garrafa!”
Sergio A. González Bueno