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EL ÚLTIMO PARTIDO DE BORGES
La fatídica historia de Georgie y el “Flequillo” Soraire
La ácida pluma de Jorge Luis Borges denostó al fútbol con esmerado cinismo y despectiva arrogancia. Atrincherado en el púlpito de la sabiduría, combatió a los herejes domingueros con el don de su calificada palabra disidente. El repudio -jamás ocultado por él-, incluyó célebres y altaneras frases de reprobación a la especie; sus reiterados dardos dialécticos apuntaron directamente al corazón del deporte rey, desacreditando su masiva influencia y condenando a cadena perpetua su inexplicable veneración popular. Extremista con galones, catalogó como minusválidos intelectuales a sus indignos inventores y ninguneó por vulgar al dócil rebaño de sus conspicuos seguidores. Absolutista por ¿convicción?, su recurrente diatriba difamatoria, muchas veces reñida con la racionalidad conceptual de sus demás opiniones, rápidamente lo graduó como la voz combativa por excelencia del "opio de los pueblos". Gambeteando la insolencia discursiva del poeta -¡proceso sumario afectivo mediante!-, el aristocrático jurado del mítico café Tortoni absolvió los pecados cometidos a nombre de la reconocida petulancia borgeana, marca registrada del autor de Fervor de Buenos Aires. Fascinados por la leyenda de las letras, los bohemios de la toga y el balón archivaron el expediente acusatorio por los siglos de los siglos, capitulando ante el linaje del políglota escritor orgullo nacional. Ahora bien, ¿qué secreto oculto escondió su sistemática fobia hacia el deporte rey? ¿Es cierto que Borges y el fútbol siempre se trataron de usted? ¿Imagina al enemigo público número uno del balompié vestido de corto y con botines? ¿O hinchando apasionadamente por Newells en el Coliseo leproso Marcelo Bielsa?
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El licenciado y artista plástico argentino Harold Macoco Salomón, amigo del genial escritor en su juventud, publicó una biografía no autorizada sobre el patricio Borges. En uno de sus más polémicos capítulos desentraña el misterio y narra una reveladora historia acerca de sus verdaderos sentimientos hacia el género. Así, movilizado por el recuerdo de los años mozos y desafiando tanto los anales como la verba del propio protagonista, describe pormenores de un ignoto ¡partido de fútbol! disputado en un gélido invierno de la década del treinta. La contienda, celebrada en la geografía porteña de Palermo, midió las fuerzas del club de la Sociedad del Conocimiento contra los temerarios "Cuchilleros de Boedo". El team de los literatos contó con la prosa de Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Roberto Arlt, Evaristo Carriego, Ricardo Güiraldes, Xul Solar, Horacio Quiroga, Ulises Petit de Murat y el referido Harold Macoco Salomón. Aunque la presencia más significativa del match tuvo un nombre y apellido impensado para el soberano: ¡Jorge Luis Borges!
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primer acto, precedido de una ardua disputa entre los encarnizados rivales, culminó con el tanteador en blanco. Al regreso del breve intervalo, el mazo del destino le repartió una baraja marcada por la fatalidad al sapiente Georgie. A la salida de un corner, el Pulpo Borges -un altruista número "8" de respetada técnica y gran recuperación- elevó su esmirriada anatomía buscando el seráfico testazo de la gloria… amiga íntima de la inmortalidad. En ese momento, un diabólico empujón lo desestabilizó en pleno salto, cayendo abruptamente sobre la rodilla del Flequillo Soraire, portentoso moreno que oficiaba de wing izquierdo para los Cuchilleros. El frontal e inesperado impacto dejó sin reacción a Borges, angustiando a sus académicos compañeros de equipo. Por el contrario, sus hostiles e impiadosos rivales interpretaron la acción como una falta de hombría del frágil Georgie, mofándose del futbolista lesionado.
varios minutos del incidente, la alarma por su estado de salud se generalizó. Borges, en estado de shock y semiinconsciente, fue trasladado urgentemente al Hospital de Clínicas. Bioy Casares, imitando al mago de Balcarce Juan Manuel Fangio, ejerció de reputado "rey de pistas", rompiendo récords en el circuito palermitano. Una vez arribado al nosocomio, el prolífico paciente ingresó a la sala de auxilios con una inflamación aguda en su rostro, que había mutado de un color morado a uno negro. La hinchazón en la nariz, los pómulos y la frente habían desfigurado sus facciones naturales, situación que liberó la contenida congoja de sus solidarios colegas. Luego de la revisión de rigor, efectuada por el prestigioso neurólogo inglés Click Here, el diagnóstico del galeno no dejó lugar a dudas: ¡Borges había sufrido el desprendimiento de ambas retinas! La inevitable ceguera era una cuestión de tiempo. El letal almanaque apuró la fatídica predicción y el escritor jamás volvió a mencionar aquel suceso en su círculo íntimo. Cuenta Salomón que, en los momentos de máxima tensión por la incertidumbre que generaba la salud de Georgie, supo recordar -a modo jugosa anécdota- el fanatismo adolescente y no tanto de Jorge Luis Borges por su amado Newells Old Boys, entidad rosarina cuya denominación inglesa lo identificaba plenamente con su púber formación idiomática en la lengua del Shakespeare.
La veracidad de la historia de Salomón indefectiblemente ha sido desmentida e impugnada por los apologistas de Georgie. O directamente tildada de absurda fábula concebida con ánimos lucrativos por un anciano alienado y desquiciado emocionalmente. Driblando la lógica aristotélica de los refutadores de mitos ciudadanos, ¿imaginan al afamado polígrafo de El Aleph tirando paredes con Bioy y Cortázar en una cancha? ¿Acaso no humaniza más la figura de Borges su presunta vinculación con el planeta fútbol? No obstante ello, ¿por qué enigmática razón el cálamo literario argentino más trascendente del siglo XX priorizó su particular guerra hegeliana contra el universo del balón? Pueden entenderse y hasta compartirse muchos de sus dogmáticos argumentos para fundamentar su análisis crítico; lo que siempre resultó llamativo fue su visceral odio expresivo hacia el popular juego. Radical por antonomasia, ¿la belicosidad en sus injuriosos alegatos pretendió disimular arcanos y oscuros recuerdos del pasado? ¿Y si la explicación a tanto encono está relacionada con aquel penoso episodio palermitano?
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La disparidad de opiniones acerca del hecho revelado por Salomón mantendrá viva la polémica eternamente. Mientras tanto, Carriego no puede con su genio y reta a Borges por sus escaladas ofensivas sin regreso; Bioy Casares, hastiado de tanto pelotazo sin sentido, le suplica a Cortázar que juegue corto y se la dé al pie. Arlt, desencantado porque no le llega el cuero, ofende a la pobre madre de Petit de Murat con un eximente insulto made in potrero. Quiroga, aprovechando la siesta del implacable y rocoso defensor adversario, se llena la boca de gol… sellando un infinito romance con la coqueta señora red. ¡Qué bendito privilegio disfrutar la fusión entre las letras y el fútbol! ¿Quién dijo que son incompatibles? Sólo se trata de honrar la cultura de la pelota.
Sergio A. González Bueno
Archivo consultado: Diario La Gaceta de Tucumán
Periodista: Jorge Álvarez Pieroni
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