Cuando Roig tomó las riendas del Villarreal ni el más fanático de los aficionados imaginó ser semifinalista de la Champions. Pero el proyecto del presidente iba mucho más allá de lograr un ascenso o de llevar al Villarreal a tratarse de tú a tú con los grandes de España. Junto a su directiva, trabajó a conciencia, planificó a largo plazo, no se impacientó en los malos momentos y construyó un equipo al que potenció con un entrenador a la medida de su Villarreal.
Cuando salió al mercado en busca de intérpretes lujosos para regocijo de su afición, observó y valoró a un jugador distinto que el Barcelona no supo aprovechar: Riquelme. Con él como bandera amarilla, este histórico submarino se paseó por Europa con grandeza y determinación. Y todos se rindieron ante el juego-arte de Román. Desde Klinsmann hasta Parreira hay coincidencia unánime en que va a ser una de las figuras del próximo Mundial.
Al estratega fue necesario rodearlo con un definidor nato. Para ello se contrató a un devaluado Forlán, que venía del Manchester con más sombras que luces. El resultado salta a la vista: Román es uno de los mejores de Europa, Forlán fue pichichi la Liga pasada y este Villarreal, histórico, ejemplar, espejo para mirarse con detenimiento, es semifinalista en Champions.
Sí, el sueño de Roig, de su directiva y de los 45.000 habitantes de esta pequeña ciudad se hizo realidad. Su Submarino Amarillo emergió del agua para instalarse en las alturas de la gloria deportiva europea.