Nunca pensé encontrarme con el Diablo
La inconfudible voz de Charly García, irreverente poeta de los escenarios del rock nacional, exterioriza un indisimulado sentimiento de repudio hacia los militares genocidas que sojuzgaron al país durante ocho interminables años de represión y dictadura. Entonces, la osadía del cantante de Sui Géneris se traduce en un himno que califica por sí solo a los ilegales gobernantes de Argentina: “¡Nunca pensé encontrarme con el diablo, tan vivo y sano como vos y yo; tenía la risa que le dan los años, y la confianza que le da el temor!”. Genio precoz, Charly nunca desafina al interpretar la partitura del ciudadano del rock, representado cabalmente por las letras del sensible autor. Instruido en las militantes y cómplices aulas del Dámaso Centeno, Charly gambetea el vesánico mensaje del club del uniforme con idéntica astucia que Ricardo Bochini, eximio solista a tiempo completo del mítico Cilindro de Avellaneda. Rebelde por naturaleza, el músico compuso aquellas rimas tras una “invitación” del mismísimo presidente de facto Viola a la Casa de Gobierno (Charly asistió escoltado por sus colegas David Lebón y Luis Alberto Spinetta), preocupado por el tenor de un puñado de incómodas estrofas, indescifrables para el limitado intelecto del nefasto interlocutor. Lejos de acobardarse por el desagradable suceso, Charly y Sui Géneris doblaron la apuesta goleadora, incorporando a su memorable hit un remate al ángulo… de la hipocresía: “¡Nunca pensé encontrarme con el jefe, en su oficina de tan buen humor; pidiéndome que diga lo que pienso, qué pienso yo de nuestra situación”!
Parafraseano al inimitable artista del bigote bicolor, la feligresía de un rojo en horas críticas ¡nunca pensó encontrarse con el Diablo… en el Libertadores gritando campeón! Es que el Rey de Copas recuperó la alcurnia; la vuelta olímpica en la Sudamericana reconcilió a varias generaciones de escépticos, hartos del desteñido relato de añejas hazañas coperas protagonizadas por Santoro, Pavoni, Magán, Bochini, Burruchaga, Bertoni y demás glorias de Alsina y Cordero. ¡Sí, en verdad emocionó ver a los veinteañeros (y no tanto) hinchas de Independiente llorar de felicidad en la angustiante definición por penales ante el atrevido y humilde Goiás! Inolvidable, aquel 8 de diciembre de 2010 quedará grabado a fuego en las retinas y los corazones made in CAI. Desatada la locura colectiva del incontenible festejo, los nuevos ídolos ofrendaron el trofeo mayor a su gente. Encabezados por Hilario Navarro, Matheu, Tuzzio y Silvera -ausente por suspensión en la final-, líderes con galones de la tropa de Mohamed, Independiente volvió a sentirse dueño de América por un rato. Y no está mal. Nobleza obliga, el título no debe tapar los infinitos oscuros en la gestión de Julio Comparada, incompetente para blindar de jerarquía al plantel, incoherente en la elección y/o cese de sus gerentes futboleros (nunca se entendió la no renovación de Gallego, el corto romance Menotti-Garnero, la demora en la conclusión del estadio, y un sinfín de decisiones erróneas en la política de refuerzos), y autor intelectual de un incomprensible ninguneo al ídolo máximo de la casa: Ricardo Enrique Bochini. Amén de la toma de posiciones, la marea roja cerró el 2010 pletórica, convencida de las bondades del gurú Antonio Mohamed, esperanzada en la cantera e ilusionada con la llegada de las luminarias prometidas. Entre tanto, Charly sube el telón de la libertad y renace de sus propias cenizas. El mito está más vivo que nunca. Say no more. ¡Feliz 2011!

Sergio A. González Bueno