El día que Cortázar vio jugar a Messi

Sentado en el sillón del paraíso ofrendado a las sensibles plumas de la inmortalidad, Julio Cortázar siente un dejo de repentina nostalgia. Aficionado al boxeo, se sorprende ante el irracional cosquilleo que le provocan las artísticas hazañas de Lionel Andrés Messi. Cerebral, estima que la tormenta afectiva del fútbol será pasajera. Acto seguido, prosigue con la liturgia de la lectura, sanadora de afligidas almas tentadas por la cautivante doncella de la eternidad. Lejos de aplacarse, aquel indómito sentimiento persiste, desafiando insolente a las impasibles agujas del reloj divino. Desencajado, Cortázar sopesa estar infectado por la traicionera patología del "síndrome del campeón".

¿Cómo es posible que un diabólico festejo goleador lo desestabilice? ¿Acaso las alturas no otorgan inmunidad suficiente para combatir los maliciosos efectos de la cultura de la pelota? Recuperada la calma, Cortázar imagina el romántico escenario de su novísima narrativa, liberadora de adormecidos sentimientos encarcelados tras las oprobiosas rejas del egoísmo humano. Guiado por el ángel de la creación, fantasea con un inédito relato corto, retando imaginativamente a los desalmados "Famas" made in Siglo XXI, perversos impostores de la moralidad al servicio del nefando Club de la Intolerancia. Cínico, el impiadoso equipo de chequera generosa e hipócrita sonrisa tiene la innoble misión de sojuzgar a los Cronopios de la era 2.0. No obstante, una extraña sensación incomoda a Cortázar; aturdido por el misterio de sus crecientes palpitaciones conforme el surrealista fútbol de Messi relata la saga de los "10" magníficos sonetos del Gol, el mirífico autor de Rayuela toma una decisión capital. Resuelto, pide una cita a solas con Dios. El célico encuentro, acaecido en el benemérito Salón de las Celebridades Literarias, permite el catártico desahogo de Cortázar. Exhibidos los argumentos al Creador, el hombre de las letras ruega por una terrenal licencia, concedida previa condición sine qua non. Descendido al edén del fútbol, la ecléctica Barcelona recibe al ilustre viajero. Tras un fugaz paso por su adorada París (¡el humo de la librería Gallimard puede dar fe de ello!), Cortázar descifra in situ las razones de aquel extraño síntoma. Instalado en el palco del Barça, redescubre el heroico goce de la épica en los estéticos versos del once de Guardiola. Transcurridos cuarenta minutos del complemento, el arquitecto Xavi -genuino heredero del ADN de Gaudí- habilita geométricamente a Messi. Pícaro, el maquetista Lionel supera en carrera a un hostil centinela enemigo. A continuación, su impresionista pincel zurdo dibuja una trilogía de gambetas en el sagrado lienzo del Camp Nou. Avistado el portero, el excelso paisajista de la definición cucharea la pelota por sobre la perpleja anatomía del "1". Conmovido, Cortázar salta de su asiento entonando el unánime alarido del ¡gol… de Lionel Messi!, el retratista de la Sagrada Familia del Fútbol. Sellado el triunfo blaugrana, sólo resta cumplir el superior pedido. Cara a cara con el futbolista, un animado Cortázar suelta visceralmente su más sentida prosa poética: "¡Leo, Dios me pidió tu camiseta! ¿Me la podés firmar? ".

Sergio A. González Bueno     

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