Identificados con el llanto de los Pumas o Las Leonas al entonar el himno patrio en la previa de cada confrontación oficial, los críticos de la especie fútbol lanzan difamatorias diatribas dirigidas a los “millonarios” jugadores de la Selección. Temerarios, se afilian a la idea de que los futbolistas participan por compromiso, gambeteando el amor a la camiseta. |
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Redoblando la apuesta, sostienen que los Pumas, las Leonas o la misma Generación Dorada tienen un inequívoco sentido de pertenencia, invisible en Messi, Higuaín, Agüero y compañía. Sin ánimo de abonarme a la repudiable teoría de los golpes bajos, entiendo que la comparación transita el sendero de lo insostenible. Y circula con exceso de velocidad en la autopista de lo tendencioso. Reconozco un emotivo espíritu amateur en los jugadores del rugby o del baloncesto. Ni hablar en las heroicas chicas del hockey. No obstante, una cosa es admirar las bondades de Felipe Contepomi, Emanuel Ginóbili o Luciana Aymar. Y otra muy distinta repudiar a Lionel Messi por el “pecado” de no cantar el himno. La inverosímil insolencia define el nivel moral e intelectual de los aprendices de victimarios. Abreviando, la Selección no gana porque generalmente juega de regular para mal. Y a veces hasta muy mal. No porque Messi no cante con sentimiento “¡O juremos con gloria morir!”
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Ahora bien, los postulados exitistas indican que sólo la vuelta olímpica es digna de mención. O se es campeón o no se es nada. Siguiendo dichos parámetros, Ginóbili, Scola y Aymar egresaron en la universidad de los ganadores. Y Messi, Higuaín y Mascherano apenas cursaron materias en las denigrantes aulas de los perdedores. Sencillamente, un disparate mayúsculo. |
Salvo el fútbol, el deporte argentino es un milagro hijo del cotidiano esfuerzo, un meritorio altruismo y la virtuosa impronta de nimias e irrepetibles camadas. Digámoslo de una vez. El Estado carece de una política deportiva de Primer Mundo. En tal sentido, la planificación a largo plazo escasea tanto como el presupuesto. Sin ser iluso, asumo prioridades devenidas de las incontables crisis made in Argentina. Pero también existe una peligrosa dejadez. Y varios funcionarios gubernamentales rompieron récords en los 100 metros de la incompetencia. Por eso, las 75 preseas en los Juegos Panamericanos de Guadalajara (21 oros, 19 platas y 35 bronces) pueden calificarse como un típico “prodigio” argentino. Sólo por nombrar algunos héroes, rescato al seleccionado de handball de varones por su histórico triunfo en la final ante Brasil (26-23), al de hockey sobre césped masculino, que doblegó a Canadá en el duelo del todo o nada (3-1), y a la bonaerense Paula Pareto, que ganó la dorada en judo en la categoría de 48 kilos. Maravillosas perlas que disimulan vacíos organizativos y miserias al por mayor.
Volviendo al fútbol, aclaro la excepción. El deporte rey siempre iluminó con sus ostentosos focos las marquesinas de la Selección. En Argentina se vive y se respira fútbol a cada paso. Y la camiseta albiceleste es patrimonio de todos. De ahí el masivo rechazo del hincha a la perpetua gestión de Julio Grondona. La AFA mutó de una asociación democrática a un feudo familiar manejado por un acaudalado clan residente en Sarandí. Ergo, la Selección sufre las nefastas secuelas de ciclo cumplido del otrora Padrino. Pésimo criterio para elegir entrenadores, ausencia de un proyecto de trabajo serio, manipulaciones y escándalos dignos de programas de chimentos, y demás irrazonables etcéteras. Sabella tiene humildad, capacidad, y voluntarismo. Pero todavía no se recibió de mago. Lamentablemente, las esquirlas de la AFA pueden dejar en terapia intensiva su cargo. Aunque eso no sería lo más grave. En la contracultura del Todo Pasa lo peor se gesta entre las sombras de Viamonte, viaja en vidrios polarizados hasta Ezeiza y vuela en Primera hacia el “amigo” paraíso fiscal de Zúrich. ¿A quién le importa si Messi es una caricatura del genial futbolista del Barça en la Selección? A Julio Grondona y sus hijos seguro que no.